Día 21: “Gwalior, un lugar prescindible”

Llegué a Gwalior después de 16 horas de viaje en tren, con pintas de prisionero de guerra y notablemente cansado. Le pedí a mi conductor de rickshaw que me llevara a algún hotel medianamente decente. En el trayecto, la imagen de esta ciudad, así como primera impresión, dejaba mucho que desear. Me llevó a un barrio con un hotel que estaba en construcción, aunque las habitaciones no estaban mal del todo; al cambio resultó ser el hotel más caro de mi viaje, y como todavía lo estaban construyendo, la wifi iba y venía según le daba la gana.

gwalior

Gwalior se encuentra muy cerca de Agra y su único y principal interés es su increíble fortaleza del s.XV. La fortaleza abre desde que amanece hasta que se pone el sol; se eleva sobre una colina a cien metros de altura y sus fortificaciones son impresionantes. Su interior está lleno de templos, palacios, esculturas… y conviene tomárselo con calma porque son cerca de 4 kilómetros de recinto.

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BRICONSEJO: la entrada al fuerte cuesta 100 rupias. Aconsejo hacer la subida en rickshaw si no quieres cagarte en todo mientras sudas a pleno sol.

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Dediqué el resto del día a recorrer parte de la ciudad de la que no tengo nada destacable que comentar. He de decir que la fortaleza es impresionante, pero no más que muchas que ya había visto en el Rajasthán (como el fuerte Amber de Jaipur o el increíble fuerte Meherangar de Jodhpur), así que para mi, Gwalior fue un error en mi viaje; una parada totalmente innecesaria que de haberlo sabido, habría evitado: una ciudad bastante fea, sin nada interesante para visitar (exceptuando el fuerte) y con la gente más seca que me he encontrado en toda India.

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Como anécdota del día hoy me he descubierto regateando 10 rupias con un conductor de rickshaw. Y vosotros diréis, bueno, está bien, hay que regatear y 10 rupias da para un agua, unas galletas, un chai… pero en cuanto me monté en el rickshaw y calculé el cambio, me di cuenta de que había regateado 12 puñeteros céntimos de euro; le había rateado 12 céntimos a un pobre hombre con familia al que probablemente le costaba llegar a fin de mes. Sí, ya sé que es inevitable cuando llevas tiempo en un sitio pensar en su moneda, sin embargo eso no hizo que me sintiera auténtica mierda. Y lo peor es que cuando me bajé del rickshaw y le quise dar esas 10 rupias de más, el tío me las rechazó, alegando que el precio acordado era ese y no tenía que pagar más; ahí ya me sentí auténtica mierda líquida.

 

Acabé el día con una sensación bastante amarga, entre la anécdota del rickshaw y que Gwalior me había defraudado bastante, hoy no había sido el mejor de los días. Mañana llegaría a Orchha y con cada día surgen nuevas oportunidades, así que mejor irse a la cama y dejar pasar las horas hasta que vuelva a salir el sol.

 

 

Continúa en: día 22, “la costa de los mosquitos”

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