Día 26, “el último tren”

Subimos temprano a la terraza del hotel para disfrutar del desayuno, esperando que el dueño no anduviese por allí dando el coñazo a la gente para que fuese a su tienda. Sentado a nuestro lado había un chico que nos preguntó qué se podía ver en Khajuraho. Casualidades de la vida, había estudiado en La Coruña; se llamaba David, era de Leon, y acababa de llegar de Agra; se dirigía  a Nepal con parada en Varanasi, y como tenía reservado el mismo tren que nosotros, se apuntó al grupito excursionista para la visita a las Raneh Falls.

 

Al acabar de desayunar, Lot, David y yo bajamos a la calle a esperar el rickshaw que habíamos negociado la tarde anterior. Puntual como un reloj allí se presentó el tipo, pero cual fue nuestra sorpresa, que no tenía un autorickshaw (los rickshaw a motor que se ven por toda la India), sino un ciclorickshaw (la versión sin motor y a pedales). ¡¡El tío pretendía hacerse 23 kilómetros de ida y 23 de vuelta, pedaleando y con 3 personas atrás!! Le dijimos que si estaba loco, pero él no paraba de insistir que sí, que podía. Evidentemente lo dejamos allí tirado y nos fuimos a negociar un autorickshaw que nos llevase a nuestro destino sin morir en el intento. Finalmente conseguimos uno al que también se apuntó (para compartir gastos) una anciana francesa transexual que se había quedado anclada en los 70 después de meterse todas las pastillas que le dieron en algún festival hippie. La verdad que las risas fueron espectaculares.

raneh falls

Tardamos casi una hora en llegar a las Raneh Falls, por unas carreteras bastante malas, a veces campo a través. Yo no dejaba de imaginarme al tipo loco que se ofreció a traernos pedaleando hasta aquí; no daba crédito. Al llegar a las enormes cataratas, nuestra desilusión fue máxima, pues llevaban una larga temporada de sequía y el río estaba bajo mínimos, así que no cataratas ni nada. Es verdad que el lugar es impresionante y que con el río a tope de agua tiene que ser un espectáculo mayúsculo (las fotos que tienen expuestas y que os muestro así lo confirman), pero nosotros tuvimos mala suerte.

raneh falls

Volvimos a Khajuraho y, mientras David se iba a ver los templos, Lot y yo nos dedicamos a callejear y a matar el tiempo comprando un poco. Esta noche teníamos nuestro tren a Varanasi, el que sería mi último tren en la India; cada vez quedaban menos días y cierta sensación de tristeza comenzaba a apoderarse de mi.

raneh falls

El tren a Varanasi iba hasta la bandera de gente. Hay que tener en cuenta que Varanasi es un lugar sagrado en la India, donde muchos indios deciden ir a morir, por lo que es bastante normal encontrarse gente moribunda o muy anciana viajando a esta milenaria ciudad. Dormimos como pudimos, prácticamente unos encima de otros y, al llegar la mañana, mientras desayunábamos, conocimos a dos nuevas personas que se unirían al grupo: Pedro, un viajero valenciano residente en Canarias e Iris, una chica israelí; ambos llevaban varios días viajando juntos, pues también se conocieron de casualidad.

 

A última hora de la mañana, nuestro tren paraba en Varanasi. Llegábamos a la ciudad de los muertos.

 

 

Continúa en: “día 27, Varanasi, la ciudad de los muertos”

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