Auschwitz II Birkenau

Desde que salimos de Auschwitz I, apenas tardaremos unos 5 minutos en llegar a Auschwitz II Birkenau. En una inmensa llanura de más de 2 kilómetros por cada lado, se extiende lo que fue el verdadero centro de la masacre nazi. Su famosa entrada con las vías de tren y sus infames barracones (la mayoría destruidos porque eran de madera; solo algunos fueron construidos en piedra), se nos harán bastante familiares si hemos visto fotos, documentales o películas sobre el holocausto. Auschwitz II Birkenau es muy sencillo en cuanto a estructura: un centro de recepción (donde llegaban los trenes), el campo de mujeres a un lado, el de hombres a otro y las cámaras de gas (destruidas por los nazis en su evacuación para no dejar pruebas) al fondo.

 

Los datos sobre este centro de exterminio son escalofriantes. Sólo al ver los barracones ya nos podemos hacer una idea de las durísimas condiciones de vida en el campo; hileras de baldas donde se apilaban de 6 a 10 personas, escasísimas medidas sanitarias, más de 300 personas hacinadas en cada barracón… la esperanza de vida una vez se llegaba a este campo era de 2 a 6 meses, aunque la gran mayoría no pasaba las primeras semanas (incluso algunos, días). Las cámaras de gas funcionaban sin cesar día y noche, siguiendo las premisas de la llamada por los nazis: “solución final”; es decir, el exterminio total de la población judía europea. A veces el ritmo era tan frenético que los crematorios no daban abasto y los cuerpos se acababan quemando en hogueras al aire libre. Muchos prisioneros utilizaron las cercas electrificadas para suicidarse; en este lugar, la muerte era más placentera que la vida; por algo se le conocía como “la fábrica del horror”. Alrededor de 1.400.000 personas fueron enviadas a Auschwitz II; solo 200.000 sobrevivieron.

 

Uno de los nazis mas “ilustres” de Auschwitz era Josef Mengele, el conocido como “doctor muerte”, médico alemán de las SS que aprovechó el exterminio judío para realizar experimentos médicos sobre sujetos vivos, sin importar las condiciones ni el sufrimiento que dichos experimentos pudieran ocasionar. Caer bajo las garras de Mengele era bastante peor que ir directo a la cámara de gas o morir de hambre.

 

Al final del campo, junto a las ruinas de las cámaras de gas, tenemos un sobrio monumento a las víctimas con placas en diferentes idiomas de los presos que pasaron por el campo y todas con el mismo texto. No hay ninguna en castellano, pero hay una en ladino (también llamado djudezmo o judeoespañol), un idioma de la etnia gitana que habitaba la zona suroccidental europea que se parece mucho al español y es perfectamente entendible por los hispanohablantes. El texto lo dice todo.

La visita es sin duda perturbadora y no podemos sino imaginarnos por lo que han pasado no solo los torturados y asesinados allí, sino también los supervivientes. Como dijo una vez Marceline Loridan, cineasta y escritora francesa superviviente del campo: “nunca realmente volvemos de Auschwitz”. Y esa es la sensación que nos llevaremos de esta visita; que una parte de nosotros, de nuestra humanidad, se quedará por siempre en este lugar.

 

BRICONSEJO: hace unos días leí en Twitter un mensaje de la dirección de Auschwitz instando a la gente que visita los campos a ser respetuosa con las fotos y los selfies. Por favor, nunca olvidéis dónde estáis. No es un lugar para juegos ni selfies simpáticos. El respeto ante todo.

 

Al acabar la visita aconsejo adquirir algún libro en la tienda del campo. Tienen verdaderas joyas difíciles de conseguir en otros sitios (muchas en inglés y algunas en castellano). Y para terminar esta entrada, me gustaría citar un poema del poeta cubano Luis Rogelio Nogueras titulado “Halt!” (Alto!, en referencia a todos los carteles de aviso que los nazis colocaban cercanos a las alambradas de los campos). Un poema que se centra nuevamente en la idea de conservar este lugar, de visitarlo y de no olvidar jamás lo que aquí ha pasado; dice así:

“Recorro el camino que recorrieron 4.000.000
de espectros.
Bajo mis botas, en la mustia, helada tarde de
otoño,
cruje dolorosamente la grava.
Es Auschwitz, la fábrica de horror
que la locura humana erigió
a la gloria de la muerte.
Es Auschwitz, estigma en el rostro sufrido de
nuestra época.
Y ante los edificios desiertos,
ante las cercas electrificadas,
ante los galpones que guardan toneladas de
cabellera humana,
ante la herrumbrosa puerta del horno donde
fueron incinerados
padres de otros hijos,
amigos de amigos desconocidos,
esposas, hermanos,
niños que en el último instante,
envejecieron millones de años,
pienso en ustedes, judíos de Jerusalem y Jericó,
pienso en ustedes, hombres de la tierra de Sión,
que estupefactos, desnudos, ateridos
cantaron la hatikvah en las cámaras de gas;
pienso en ustedes y en vuestro largo y doloroso
camino
desde las colinas de Judea
hasta los campos de concentración del III Reich.
Pienso en ustedes
y no acierto a comprender
cómo
olvidaron tan pronto
el vaho del infierno.

Cracovia: 21/10/1979

 

Continúa en: qué ver en Varsovia 1 (centro histórico)

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