Día 7: “el Taj Mahal”

 

TAJ MAHAL

5:15 de la madrugada y ya estábamos en pie. Había que ir a ver el Taj Mahal y si no quieres comerte horas y horas de cola, hay que madrugar. Al Taj Mahal hay que llegar andando, pues tiene un perímetro de 4 kilómetros alrededor por el que está prohibido el tráfico rodado, asimismo, está prohibido instalar fábricas industriales en un radio de 10.000 km cuadrados para que no le afecte la contaminación. Nunca me había llamado la atención el Taj Mahal en fotos o en la televisión, no me parecía un sitio deslumbrante, no me tenía la categoría de maravilla que dicen que es. Sin embargo, estaba notablemente emocionado, tenía ganas de comprobarlo en persona. Sacamos nuestras entradas y nos pusimos a hacer una cola que ya antes de las 6 de la mañana era considerable, como podéis ver en la foto. Abrieron las puertas, pasamos los controles, y cuando pasas la DarwazaDarwaza (el edificio de acceso), comienzas a oír las exclamaciones de la gente y lo ves… es imposible no sentirse abrumado. ¿Maravilla del mundo?, después de verlo en persona puede que esa definición se le quede corta. Es absolutamente impresionante, inmenso, indescriptible con palabras. No me lo había imaginado tan grande, tan imponente, tan bonito. No pude evitar emocionarme estando allí, observándolo; sin duda había estado equivocado en mi concepción de este lugar. Este mausoleo es, de largo, uno de los lugares más increíbles sobre la faz de la tierra y su mármol blanco, sus cuatro minaretes, su enorme cúpula, su caligrafía decorativa, sus motivos vegetales y geométricos, sus piedras semipreciosas, junto con sus canales y sus jardines, hacen de esta visita única y memorable. Quizás una bonita descripción del lugar sea la que hizo Rabindranath Tagore, el famoso poeta indio, que afirmó que el Taj Mahal era: “una lágrima en la mejilla del tiempo” (¿cómo te quedas Belén Esteban?).

Taj Mahal

BRICONSEJO: si no quieres hacer mucha cola en el Taj Mahal vete a primera hora de la mañana o a última de la tarde (el Taj cambia de color según la hora del día); su horario es de 6 a 19 y cierra los viernes. Recuerda que la taquilla para las entradas se encuentra como a 500 metros de la puerta este en línea recta (no se te ocurra ponerte a hacer cola sin tu entrada). La entrada cuesta, para los turistas, 1000 rupias (los indios pagan 40), aunque si eres muy ratilla y lo quieres ver gratis, basta con rodearlo y verlo desde atrás, desde la otra orilla del río Yamuna (eso si, te pierdes el complejo y los jardines que molan mucho). Las noches de luna llena, el Taj se abre para contemplar su reflejo en el estanque (que ya es visible por el día); para esos días la entrada debe sacarse con bastante antelación en el Archaeological Survey of India.

historia del Taj Mahal

 

LA HISTORIA DEL TAJ MAHAL

Supongo que todo el mundo sabe la historia del Taj Mahal, pero para los que no cogéis un libro que no sea el Marca, yo os la cuento. El Taj fue mandado construir por Shah Jahan como mausoleo para su esposa, muerta al dar a luz a su hijo número 14 (vamos, que copulaban como dos conejos puestos de viagra hasta las cejas). Cuentan las leyendas, que a los arquitectos y decoradores que trabajaron en el Taj Mahal, el emperador les ordenaba arrancar los ojos y cortar las manos, una vez finalizado su trabajo, para que nunca pudiesen volver a construir algo tan bello (se ve que por aquel entonces lo de los sindicatos no estaba muy a la moda). Lo costoso de la construcción estaba acabando con las arcas del reino, y encima, Shah Jahan tenía proyectado construir otra tumba igual para él, pero en mármol negro, en la otra orilla del Yamuna, para descansar eternamente junto a su amada esposa. Ante este despropósito, su hijo ordenó apresarlo y encerrarlo en el Fuerte Rojo de Agra, donde acabó sus días observando por una pequeña ventana la tumba de su mujer. Finalmente, cuando murió, el emperador fue enterrado junto a su esposa, en la cámara subterránea bajo el mausoleo (las tumbas que se ven dentro, en la sala principal, son falsas).

 

FATHEPUR SIKRI

Pasamos casi toda la mañana en el Taj, en sus jardines, dando vueltas a él como alelados; alelados por su majestuosidad. Salimos de allí casi a la fuerza, queríamos ir a Fathepur Sikri (la antigua capital del Imperio Mogol) por la tarde, y teníamos que darnos prisa. Corrimos hasta la estación de buses y conseguimos unos billetes. ¡Vivan los autobuses indios! ¡Qué experiencia! ¡Qué derroche de lujo y glamour! No creo que exista atracción igual que viajar en un destartalado autobús indio por esas carreteras infernales. Emoción al límite durante 1 hora de ida y otra de vuelta, con un tráfico loco, las calles atestadas de gente, en varias ocasiones hemos estado a punto de colisionar o de atropellar a alguien ante la impasividad de nuestro conductor, que escuchaba nuestros gritos sin inmutarse:

autobuses indios autobuses indios autobuses indios

– Cuidao, cuidao, cuidao…

– ¡Que lo matas!

– No te pegues tanto…

– Gira, gira…

Disfrutad los videos apreciando los cálidos y melodiosos sonidos:

Todos los turistas que íbamos en ese autobús (nosotros y una chica francesa) estábamos blancos cuando llegó a Fathepur, y cuando bajábamos del bus, el tipo se giró hacia nosotros y esbozó una leve sonrisa mientras nos miraba como diciendo “soy el puto fucking master, y os perdono la vida“. Fathepur tiene un mercado enorme y lleno de gente, motos, carros y demás. Es una visita muy interesante, aunque la insistencia de los niños por hacerte de guía resulta, a veces, agotadora.

fathepur sikri

Volvimos a Agra reconfortados por seguir vivos. Volvimos al hostel y, con gran pesar, me despedí de Bilou y de toda su familia, que se habían portado genial con nosotros; no sin antes prometernos que volveríamos a vernos. De camino a la estación de autobuses, tuve mi primera experiencia como conductor de rickshaw, cuando el chófer me dejó cogerlo un par de minutos en una zona de poco tráfico; ¡qué experiencia!, tocando el claxon y sorteando una bosta de vaca que había en la carretera, ¡Indian style, yeah!. Al llegar a la estación, intentamos coger un “bus turístico” que nos llevase a Jaipur, pero no había hasta la mañana siguiente, así que tuvimos que conformarnos con un “bus local” nocturno que nos llevaría en 7 largas e infernales horas hasta la capital del Rajasthan.

 

BRICONSEJO: en India, los llamados “autobuses turísticos” son más rápidos, nuevos y cómodos que los “autobuses locales”, también un poco más caros. Aconsejo coger de los primeros siempre que se pueda, aunque, por una vez, y para sentir la muerte de cerca, haceros un viajecito en un bus local (sentados delante por favor).

 

La travesía se hacía larga, muchas paradas, gente que bajaba y subía, indios con la música en sus móviles a todo trapo (¿pero aquí no han llegado los cascos?). Ya no sabía cómo ponerme ante tanta incomodidad de asiento, es como si fuese sentado sobre una plancha de acero (ah, espera, es que llevaba una plancha de acero debajo). De repente, el autobús frena en seco y la mujer que viajaba delante se estampa contra la mampara del conductor y cae semi-inconsciente dejando un pequeño reguero de sangre contra la misma. Nadie se mueve, nadie la mira, nadie la ayuda; el conductor abre la mampara, mira a la mujer en el suelo y vuelve a cerrarla como si no hubiese pasado nada; nosotros no sabíamos que hacer, pero como “a donde fueres haz lo que vieres”, nos quedamos quietos, observando la escena. Como un minuto después, la mujer se recompone, se levanta, se coloca el sari por delante de su cara medio ensangrentada y se vuelve a sentar como si no hubiese pasado nada. ¡This is India my friend!

 

BRICONSEJO: en los autobuses indios funciona la “ley de la selva” (como en casi todo el país); nunca cedáis el asiento en un autobús indio, aunque veáis a una señora de 90 años cargada de bolsas del Carrefour que no tiene cómo sentarse. Ellos no lo hacen y hacerlo puede suponer tener que viajar 3, 4 o 5 horas de pie. Los indios son también bastante aprensivos con la sangre, así que es muy normal que si alguien está sangrando no se acerquen a ayudarlo/a.

 

Llegamos a Jaipur de madrugada, a eso de las 4 aproximadamente. Había poca gente en la calle, habíamos reservado previamente por internet dos habitaciones (éramos 4) en un hotel y le pedimos a un rickshaw que nos llevase. Llegamos allí, el recepcionista durmiendo para no variar y cuando se despierta, de no muy buen humor, nos dice que sólo tiene reservada una habitación con 2 camas. Comenzaba la operación: “son las 5 de la madrugada, estamos cansados, danos otra habitación o te quemamos el hotel”.

 

 

Continúa en: día 8, “Jaipur, la ciudad rosa”

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