Día 23: “Orchha: el paraíso del norte de la India”

Aún envuelto en mi saco de dormir (no tocaría esas sábanas ni loco, y eso que me las habían cambiado por unas “limpias”) desperté con un frío considerable. Desayuné algo y me dispuse a recorrer los palacios y templos de Orchha. La verdad que el lugar es impresionante, idílico, un auténtico paraíso, un conjunto de templos y palacetes que se entremezclan con el río, la fauna y la vegetación de manera perfecta; por aquel entonces todavía no lo sabía, pero hoy en día puedo asegurar que es una especie de Bagan (ciudad de Myanmar) a pequeña escala.

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Templos con empinadas escaleras que te llevan hasta sus cubiertas con unas vistas magníficas (en muchos hay que buscar al señorito de las llaves, que por unas pocas rupias te los enseñará encantado), desde las que observar la belleza del lugar. Pasé toda la mañana recorriendo los templos y los palacios, perdiéndome en sus jardines y hablando con la gente del lugar. Almorcé algo y me dirigí a las afueras del poblado para visitar la gran reserva natural de Orchha.

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Cruzando el río, como a un kilómetro en línea recta por la carretera, nos encontramos la entrada a la reserva natural, un lugar que casi todo el mundo recorre en bici o en moto, y yo, como soy gilipollas, intenté hacerme a pie por ahorrar 5 euros.

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BRICONSEJO: alquilad una bici o una moto para recorrer la reserva natural. Y si ya lleváis un mapa o un GPS ya sois la leche.

 

Cuatro horas de caminata después, perdido en medio de quien sabe donde, me encontré el siguiente cartel que supuso cortocicuitar mi cerebro hasta la extenuación.

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Difícil decidir por dónde iba cuando no sabía lo que ponía ni donde estaba. En fin…yo me decidí por seguir por el camino de la derecha a ver a dónde me llevaba. Me encontré con un grupo de mujeres recogiendo hojas que me miraban como si acabasen de ver a Jesucristo y como 30 minutos después llegué a un río en el que, supuestamente, hay cocodrilos, pero no sé si porque no era la zona adecuada o por mala suerte (o buena, porque pude haber sido devorado allí en la soledad) yo no pude ver ninguno. Como el río me cortaba el camino decidí volver sobre mis pasos, volví a ver a ese grupo de mujeres, les pregunté que dónde estaba y ellas me señalaron que siguiera por ahí (muy tranquilizador, sobre todo porque faltaba una hora para que empezara a anochecer).

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A punto de desfallecer, un pelín más adelante apareció un guarda en moto al que le dije si podía acercarme hasta la entrada del parque. El tío va y me pide 50 rupias por llevarme y yo, que le pongo la cara de: pero que me estás contandooooooo… y sin decir ni hacer nada más, conseguí que me llevase gratis. Desde allí me desvié para ver el grupo de templos cercanos al puente, para después caminar otro poco hasta el pueblo y parar a cenar en una de las terracitas que allí había.

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Sólo estábamos yo y una rubia enorme que leía una guía en francés justo en la mesa de enfrente. Comenzamos a hablar, ella era belga, se llamaba Lot y llevaba varios días de viaje sola por India, prácticamente en la misma dirección que yo. Nos dieron altas horas de la noche hablando y riendo y como los dos nos dirigíamos a Khajuraho y Varanasi, y los dos viajábamos solos, decidimos hacer el resto del trayecto juntos. Nos despedimos y quedamos para desayunar y marchar al día siguiente.

 

 

Continúa en: día 24, el aprovechamiento del espacio

    2 Responses

  1. Eres la leche tío!
    Más que envidia, pero sana😀!

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