Día 6: “esto no puede estar pasando”

A las 6 en punto llegamos a la estación de Ljubljana. Según nos acercamos saludamos a la gente que iba en un bus que partía; todavía quedaba media hora para el nuestro, teníamos tiempo, así que fuimos a desayunar algo. No veíamos la hora de sentarnos en el bus a dormir mientras éste nos llevaba plácidamente de vuelta a Italia.  A las 6:20 estábamos en los andenes, no había buses. Tranquilos, tiene que estar a llegar: 6:25, 6:30, 6:35, 6:40…seguía sin aparecer ningún bus. Cierto nerviosismo empezó a adueñarse de nosotros. Nos acercamos a la zona de taquillas a preguntar pero no había nadie, todas cerradas. Como a los 15 minutos una abre, y nos acercamos allí como desesperados; allí nos encontramos con un viejo que no sabía hablar inglés, y lo único que sabía era decir 5 con los dedos de la mano (desesperante). Al rato se acerca otro hombre, gordo, calvo y con pinta de ultra de equipo de Europa del Este, pero con un nivel de inglés aceptable para lo que queríamos:

– Disculpe, ¿el tren de las 6:30?

– Hoy es domingo, el último sale a las 6 (era el que vimos partir cuando llegábamos).

– Vaya, que infortunio. No pasa nada, ¿cuando sale el próximo bus para Italia?

– El lunes por la mañana.

Ore se puso pálido, Nacho amarillo, yo ya no sé ni de qué color.

– ¿Pero como el lunes por la mañana?, ¡¡si el lunes al mediodía nos sale el vuelo de vuelta a España!!

Y el tío gordo, calvo y con pinta de ultra de equipo de Europa del Este nos mira, se encoje de hombros y se va.

 

BRICONSEJO: no somos muy conscientes del tiempo y de los días cuando estamos de viaje. Si vais a coger un transporte, tenéis que tener en cuenta que los fines de semana la frecuencia no siempre es la misma que entre semana (ojo con los sábados y domingos!!).

 

– Tranquilos, que no cunda el pánico; cogemos un tren y problema resuelto.

Abandonamos al “amable” señor de las taquillas y entramos en la estación de trenes que está justo al lado.

– Mire por favor, ¿el próximo tren a Italia?

– El lunes.

Aquí el estado de nerviosismo ya se palpaba en el ambiente. Esto no puede estar pasando. Sin bus, ni tren, en una ciudad perdida en el culo del mundo en medio de un país del que nadie se acuerda. Los nervios se juntaron con el alcohol, y en ese estado las ideas que se ocurren son de lo más disparatadas, pese a ello, decidimos hacer un “brain storming” (nunca falla; bueno, a veces si). Sabíamos que estábamos como a unos 100 kilómetros de la frontera, sabíamos que ningún tren ni ningún bus nos llevaría a Italia hasta el lunes y que no podíamos esperar hasta entonces si no queríamos perder el vuelo de vuelta. Pensamos en ir en taxi (descartado por el precio), pensamos en pedirle a alguien que nos llevara (a 3 tíos extranjeros en su coche???, descartado por imposible), pensamos en robar un coche (descartado por desconocimiento del sistema penitenciario esloveno), pensamos muchas posibilidades y nos decidimos por la que nos parecía más coherente: acercarnos a la frontera fuese como fuese. Volvimos a la taquilla y pedimos 3 billetes de tren para el que saliese antes y nos dejase más cerca de la frontera italiana (reconozco que nuestra petición, sin destino, sorprendió un poco a la chica, que nos miró con cara de: ¡vaya tres colgaos!). Al cabo de unas horas conseguimos subir en un mini-tren incomodísimo rumbo a ninguna parte, aunque nuestro plan original era llegar a Sezana antes que el bus para engancharlo allí y que nos dejara en Trieste (ya he comentado que nuestras mentes estaban cansadas, ¿verdad?).

 

Después de unas horas de infernal viaje (el mini-tren circulaba a la velocidad de un triciclo), llegamos. Por fin estábamos en ninguna parte. El tren, cuyos únicos pasajeros éramos nosotros, se detuvo aquí y dio la vuelta. Una estación en medio de la nada, cuatro casas alrededor, una carretera y nadie, absolutamente nadie. El jodido pueblo fantasma. Pese a todo nosotros salimos corriendo del tren con la esperanza de poder parar al bus, que habíamos perdido en Ljubljana, en la misma carretera. Pero claro, el bus no pasaba, ¡pero si ni siquiera sabíamos dónde estábamos! Así que nuevamente los planes más ridículos volvieron a adueñarse de nosotros.

– ¿Paramos un coche?

– ¡No pasan coches!

– ¿Llamamos un taxi?

– ¿Donde lo llamamos? ¡Si no sabemos ni donde estamos!

– ¿Entramos en una casa?

Por extraño que parezca esta última era nuestra mejor opción (no se porqué cuando me veo en un aprieto, me surge la imperante necesidad de entrar en una propiedad ajena). Sin embargo, antes de arriesgarnos a morirY esa fue nuestra gran decisión: andar tiroteados (nuevamente), vamos a investigar. Recorrimos lo poco que teníamos, centrándonos en la estación. Allí, consultando un mapa que tenían en la única taquilla cerrada, descubrimos  que nos encontrábamos no muy lejos de Trieste, como a unos 20 kilómetros. ¿Y que son 20 kilómetros para unos jóvenes atléticos y lozanos que llevan 3 días sin dormir? Naaaaaada, 5 horitas de caminata mañanera bucólica y divertida. Y esa fue nuestra gran decisión: andar. Nos disponíamos a cruzar la frontera andando, a la vieja usanza. He de decir, que el paso entre Italia y Eslovenia se encuentra entre montañas y que lo único que las cruza es una especie de vía rápida, parecida a una autopista.

 

BRICONSEJO: si surge algún imprevisto, que no cunda el pánico, SIEMPRE hay alternativa.

 

Y allá nos fuimos, y vaya si anduvimos, comimos arcén como el que más. Debíamos llevar como una hora y pico de caminata cuando llegamos a un área de descanso y he aquí que nuestras mentes estresadas, cansadas y somnolientas vieron el cielo abierto cuando vimos un bus parado y abierto de par en par. Sabíamos perfectamente que no nos dejarían subir ni pagando, y colarse por la puerta iba a ser complicado habiendo gente dentro, sin embargo, el compartimento de equipajes estaba abierto de par en par y nadie vigilaba. Sería fácil llegar agazapándonos un poco y deslizándonos cual culebrillas rememorar aquellos polizones que se colaban en los barcos en épocas lejanas. Cuando todo estaba dispuesto, una luz iluminó nuestras cansadas mentes:

– ¡Un momento! ¿Sabemos a dónde va este bus?? ¡Porque podemos aparecer en Berlín!

– Malo será (aquí volvió a salir nuestra vena gallega) que no haga parada en Italia.

– Ya pero…¿y si no la hace? ¿Y si sólo va de paso y nuestro problema se incrementa?

Gracias a Dios el buen juicio se adueñó de nosotros y decidimos pasar del autobús y seguir el largo camino que todavía nos separaba de nuestro destino.

 

Como al cabo de una hora llegamos a la frontera. Una carretera, montañas a cada lado y nada más. Dos guardas eslovenos alucinaban desde su garita viendo Como al cabo de una hora llegamos a la fronteracómo nos hacíamos fotos cual triunfadores de una maratón; nosotros esperábamos que nos identificaran, nos pidieran los pasaportes, pusieran alguna traba o impedimento a nuestra fuga, pero se dedicaron a mirarnos con los ojos como platos. Y por fin, después de un largo trayecto, pusimos pie en Italia. Del otro lado de la frontera, evidentemente, la guardia italiana mirándonos desde su garita. Estos tampoco se acercaron (probablemente pensarían que estábamos jodidamente locos y que si los eslovenos no se nos acercaron, ¿porqué lo iban a hacer ellos?) y se dedicaron a descolgar el teléfono y hacer una llamada que más adelante sabríamos el destinatario.

 

Seguimos camino hacia Trieste pues aún nos quedaba una tirada larga. No había pasado ni media hora, nosotros caminábamos por el arcén de un puente cuando vemos pasar un coche de la policía italiana con  las luces y las sirenas a toda pastilla hacia la frontera (ya sabemos a quién había llamado la policía fronteriza). El frenazo del coche antes de acabar el puente y su cambio de sentido con derrape incluido retumbó con un estruendo propio del mismísimo circuito de Montecarlo. El comentario estaba claro:

– Ahí vienen…

– Ya tardaban…

El coche se paró a nuestro lado y de él se bajaron dos policías, pistolas en mano y cara de asustados. Aquí comenzó el interrogatorio más exhaustivo al que me han sometido en toda mi vida hasta el día de hoy; que si documentación, que si de dónde somos, que si a qué nos dedicamos (recuerdo a Nacho tecleando sus “teclas invisibles” en el aire para decir que era informático), que qué hacemos allí y un largo etc… Y claro, cuando nos pusimos a contarles nuestra historia, y que nos dirigíamos a Trieste andando porque no teníamos medio de transporte, la risotada fue monumental. ¿Y que hizo la “amabilísima” policía italiana? ¿Nos acercó a algún lado? Noooo, se subieron al coche llorando de la risa y se fueron. Y allí nos quedamos los 3 con cara de gilipollas (y de sueño).

 

Por suerte aquello ya volvía a ser un país semi-civilizado y como a 20 minutejos encontramos una parada de bus urbano que nos llevó hasta un pueblecito cercano, y de allí otro bus hasta Trieste. Un tren nos hizo regresar a Venecia para pasar nuestra última noche cenando en un restaurante contando nuestras hazañas; mientras Borja se moría de risa, Fernando sentía un alivio tremendo por haber decidido no acompañarnos. Ya estábamos los 5 otra vez, y esta noche si, esta noche se duerme.

 

 

Continúa en: Día 7, “adios Manin”

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